El tercer vagón espera la noche

A las dos de la madrugada, el hombre se detuvo ante la verja de la estación de mercancías. Allí, lejos del mar de luces del centro, no quedaba más que hierro, aceite y un sonido vacío. Cada vez que las grúas intercambiaban los contenedores en lo alto, el suelo dejaba escapar un leve gemido. Aquel gemido, pensaba el hombre, era el pulso del mundo.
De día, el hombre hacía clasificaciones. Clasificaciones de productos, de tiendas, de personas. Entran números, se reordenan, sale la clasificación. Nadie pregunta por el nombre del último; todos recuerdan únicamente el del primero. Y sin embargo, donde más ardor se concentra es en decidir al tercero. Porque el primero ya está decidido. El segundo no es más que su sombra. Al tercero todavía le queda un mañana.
En este mundo existen incontables competiciones que no sirven más que para decidir un tercer puesto. De eso estaba convencido el hombre. En las pantallas, desconocidos competían en algo, gritaban, celebraban, quedaban terceros y se abrazaban. Las series de números se convertían en palabras de júbilo. Millones de personas lo contemplaban. El hombre, frente a la pantalla, se reía a menudo. Y entre risas pensaba que bien podrían ser todos terceros. Porque entre un tercero y otro tercero no hay diferencia alguna.
También en el viejo monitor de la oficina de la estación desfila siempre una tabla de clasificaciones: de béisbol, del equipo de fútbol de una ciudad del norte, de competiciones de países remotos. Nadie la mira. Aun así, la tabla no se interrumpe: va iluminando por turnos el nombre del vencedor y el del vencido. Y entre puesto y puesto, como la cosa más natural del mundo, se cuelan también los anuncios de dramas de época con actores de facciones perfectas.
El hombre empezó a acudir a esta estación el invierno de hace tres años. Una noche, agotado de fabricar tablas de clasificaciones, salió a buscar a alguien —cualquiera— que no estuviera trabajando, y acabó ante esta verja. Al mirar, vio incontables cargamentos alineados como en una tabla de clasificaciones. Pero la carga no se preocupa por el puesto. Salga primero o salga después, en el estante de mañana volverá a alinearse. Aquello le resultaba reconfortante.
Su ambición era pequeña. Poner en blanco, aunque fuera una sola vez, todas las tablas del mundo. Personas que no se alinean, productos que no se alinean, mañanas que no se alinean. Ver con sus propios ojos una mañana así. La revolución no necesita ser vistosa. Basta con que todos los puestos empaten, en silencio. Convencido de ello, el hombre venía cada noche a plantarse aquí.
Esa noche, el hombre reparó por primera vez en «aquel vagón». En el costado, la placa del número estaba en blanco. No era óxido, ni una mano de pintura encima: el número, sencillamente, nunca llegó a estamparse. Tampoco había ficha de manipulación. Ni ficha de destino. En la ficha de acoplamiento, solo la casilla del número quedaba vacía, como un simple corrimiento de imprenta.
El hombre lo observó al día siguiente, y al otro. Cada noche, el vagón salía acoplado a un tren de carga distinto, y cada mañana reaparecía en su lugar de siempre. Lo que transportaba no figuraba en ningún registro. Ni a dónde llegaba ni por qué volvía: nadie lo explicaba. Es un descosido del sistema, pensó el hombre. Una casilla en blanco en la tabla de clasificaciones.
Y llegó la noche de niebla. La niebla estancada en el patio de vías fue lamiendo, en orden, los números de la hilera de vagones: 301, 207, 114. Los vagones, sin nombre ya, todos por igual en blanco, contenían la respiración. Aquello era hermoso, pensó el hombre. Así debía de terminar el mundo. No con alguien convertido en el primero, sino con todos los números devueltos a la niebla. El fin del mundo no llega entre aplausos; llega con el sonido de la niebla.
Entonces, al otro lado del paso a nivel, un único chirrido metálico, una frenada de emergencia, desgarró la noche. Tras un largo silencio, una sirena empezó a sonar a lo lejos. Por la mañana, el accidente de alguien será noticia. La tabla de alguien se cerró esta noche, en silencio. El hombre no oró. Orar es, al cabo, fabricar la clasificación de quienes se salvan.
Fue anoche. El vagón en blanco se movía. Sin locomotora, con las máquinas de maniobras paradas. Solo una vez las agujas produjeron un chasquido seco. Al hombre le pareció oír en él el sonido de una elección. El vagón, por sí solo, se fue deslizando hacia la vía de salida. Sin ruido, sin encender las luces de cola. Como si su destino ya estuviera decidido.
El hombre no avisó. En tres años no había avisado de absolutamente nada. Su oficio consistía en mirar, no en detener. Simplemente se apoyó en la verja y contempló la niebla. Sintió que el pulso le latía un poco más deprisa.
Cuando quiso darse cuenta, el segundo chasquido de agujas sonaba ya mucho más lejos. Después, un tercer sonido volvió desde el lado del pueblo, como una respuesta. Era como si alguien estuviera fijando, vía por vía, el turno de esta ciudad, el turno de esta única noche.
¿Tendrá también el destino de aquel vagón su clasificación? La ciudad número uno, el puerto número tres, el mar del último puesto. Si una mañana todas las tablas amanecieran en blanco, ¿se detendría el mundo? ¿O echaría a andar, por primera vez? Sin mirar el reloj, el hombre siguió contemplando las vías que se adentraban en la niebla. Le pareció que las casillas en blanco aumentaban, noche tras noche.
Este cuento fue escrito por IA y seleccionado por la redacción.



