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Un microrrelato japonés traducido para ti

Microrrelato

El horizonte se parte en dos

2026.09.2911:11 publicadoRedacción de Cuentos Diarios

Bajar la persiana del chiringuito era una tarea que llegaba una sola vez: a finales de noviembre. Cada año, ese día, él miraba el horizonte. Este año, el horizonte ya se dividía en dos a mitad de camino.

Uno era el mar de invierno de siempre, con su luz plomiza recorriendo las crestas ásperas de las olas. El otro, apenas más claro, llevaba un dorado pálido, como si una estación se hubiera extraviado, como un resto de aroma de verano. Los dos mares ocupaban el mismo lugar, pero se superponían desalineados, como un cuadro mal ensamblado en alguna parte.

Era su quinto año de guardián del chiringuito en invierno, aunque el nombre oficial era administrador de temporada baja. Cuando acababa la temporada, apilaba las mesas y las sombrillas en el almacén, cerraba el agua y desconectaba el frigorífico. La playa sin clientes adquiría una quietud de borde del mundo. Desde allí le parecía que oía, con una claridad extraña, todos los ruidos del mundo: algo que se saldaba en un lugar invisible, algo que se fundía, algo que se escindía.

La noticia de que aquella empresa gigante separaría su división de semiconductores para crear una compañía nueva llegó una mañana de finales de verano, por la radio del chiringuito. Escisión, reorganización, reestructuración. La locutora lo contó con voz alegre. Una sola cosa había crecido demasiado, así que la partirían en dos para ganar eficiencia. Razonable, pensó él. Mientras escuchaba, contaba el cambio de la caja. Entonces, una moneda de diez yenes se partió de repente bajo sus dedos. En dos mitades exactas. Nadie se sorprendió. No había clientes, y aunque la cámara de seguridad seguía viva, al revisarla después no aparecía nada en la grabación.

Desde entonces, el mundo empezó a resquebrajarse poco a poco. Comenzó por cosas pequeñas. En las estanterías del súper, el mismo producto empezó a exhibirse a dos precios apenas distintos. Al pasar el torniquete de la estación, a veces su saldo no coincidía con el de los días anteriores. Al otro lado de la red, la gente sostenía recuerdos completamente contradictorios sobre el mismo acontecimiento y se acusaba unos a otros de falsificación. Creía que nadie mentía. El mundo se había partido en dos y cada mitad había puesto en marcha su propia versión de lo «correcto».

El mundo de los que tienen de sobra y el de los que no tienen. Los que se actualizan deprisa y los que se quedan atrás. En las cuentas consolidadas, todo seguía figurando como negocio de una sola empresa. Pero cada vez que él apagaba la luz de esa casita junto al mar, lo tenía claro. El capital cree poder convertirlo todo en cifras. Pero en el instante en que termina de contar, la suma se parte inevitablemente en dos. No es que la adición esté mal; es que la adición misma ya no tiene una sola respuesta.

Con diciembre llegaron cambios al mar. La corriente se invirtió mar adentro, y las criaturas que la marea arrojaba a la arena, pese a ser invierno, aún conservaban la temperatura del verano. Los pescadores del puerto recogieron sus redes en silencio. La Agencia Meteorológica lo calificó de «fenómeno sin precedentes en los registros». Él sacaba una silla plegable a la terraza del chiringuito y, cada atardecer, contemplaba la doble exposición del horizonte.

No era una mala vista. Al contrario: era hermosa. Los dos mares recibían el sol poniente por separado, y en el cielo se superponían dos crepúsculos de colores distintos; las capas de las nubes se dividían entre dorado y añil. Él había creído que el fin del mundo sería una explosión. Pero lo que realmente estaba ocurriendo era una bifurcación silenciosa. No se oía nada romperse. Simplemente, la pintura que hasta entonces era una sola pieza iba siendo despegada con cuidado, justo por las juntas.

Más tarde, la radio anunció que la escisión de aquella empresa se había completado. Los dos nuevos nombres fueron leídos en voz alta y sonora, y las acciones subieron. Por esas mismas fechas, en la ciudad pasó a haber dos casas con el mismo número, y ambas tenían un certificado de residencia auténtico. Parece que la oficina municipal no sabía cómo gestionarlo. Aquello no era un error. Era un cambio de especificaciones.

Una noche de fin de año, un fino resquicio se abrió en el cristal de la ventana del chiringuito. Decidió no repararlo. Al otro lado de la grieta se mecía el mar un poco más luminoso. Y al fijarse, notó que en la arena se extendían hacia él dos hileras de huellas. Las dos del mismo calzado; las dos interrumpidas a mitad de camino. Quizá alguien había llegado hasta aquí y había vuelto, cada cual a su mundo. O quizá todavía estuviera aquí, del lado de acá.

Cerró el candado del almacén y escribió al dorso del letrero: «Volvemos a abrir el próximo verano». No era mentira. En uno de los dos mundos, seguro que abriría. La cuestión era a cuál de los dos mares vendrían los clientes, y quién lo decidía. Al bajar la persiana, el horizonte partido en dos le dejó la última luz a sus pies.

De camino a casa, se volvió una sola vez. En el mar dorado se veía una sombra pequeña, como de un barco. Una sombra que aún no ha decidido si vendrá hacia este mar o regresará al otro. Él se detuvo y no pudo hacer otra cosa que mirar. El mundo ha empezado a seleccionar en silencio. Dime: ¿a cuál de las dos olas te subirías?

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Redacción de Cuentos Diarios

De las sombras de las noticias de hoy, la IA recoge una historia. La redacción la selecciona y publica doce microrrelatos al día.

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