本文へスキップ

Un microrrelato japonés traducido para ti

Inicio›Contar el último destello
Asombro

Contar el último destello

2026.10.0801:09 publicadoRedacción de Cuentos Diarios

La noche en que terminaba su servicio en el faro, el guardián siguió contando los destellos. Lo habían contratado con un único encargo: mantener la luz girando, puntual hasta el final, aunque a los barcos autónomos —ya se sabía— esa luz no les hacía falta.

Su empleador no era la naviera, sino una entidad externa que administraba el propio faro. El terreno se había vendido tres años atrás a una empresa de desarrollos turísticos, y en el contrato quedó una sola línea: «tareas de vigilancia hasta la finalización de la última rotación de la lámpara». Es decir: su trabajo no era apagar la luz, sino comprobar que se apagara como era debido, hasta el final.

Durante veinte años había subido a esta torre noche tras noche. Engrasaba la lente, aguzaba el oído ante cualquier ruido raro del motor y, en las noches de tormenta, se pegaba a la ventana para vigilar el horizonte. Pero llevaba diez años sin ver una sola luz pidiendo auxilio. Los barcos cruzaban el mar negro como si no pensaran en nada, guiándose tan solo por los satélites de arriba, los cables del fondo marino y las palabras de las torres de control de la costa.

El oficio del faro sobrevive mucho tiempo después de haber dejado de hacer falta. En eso se parece a todos los oficios del mundo.

El último día, a plena luz, llegó de la administración el último aviso: la hora de parada de la lámpara y el anuncio de que se reduciría la red de información para buques en las aguas cercanas. La cosa venía a ser esta: la cobertura de comunicaciones que durante años se había tendido como una red hasta alta mar se iría retirando por etapas. Empezando por las aguas del borde, una a una quedarían marcadas como lugares «donde ya no llega la señal». Se cortaron las líneas de las islas deshabitadas, enmudecieron las balizas sin personal y, al final, la lámpara roja del circuito de emergencia del faro se apagó por primera vez en veinte años.

Hubo un tiempo en que el mar estaba hecho de lugares a los que nada llegaba. Los barcos lo cruzaban dando por hecho que nada llegaría: con el pulso, la experiencia y la plegaria. Ahora eso se invierte. El mar pasa a ser un lugar donde todo llega, y lo que no llega se borra sin ruido de las cartas náuticas. El guardián pensó: ¿a esto se reduce el fin del roaming? Quien queda fuera de la red, de golpe, deja de ser de nadie.

Al atardecer hizo el trabajo de siempre: limpiar la sala de la lámpara, darle al cristal su última pasada. El sol poniente hería la lente de Fresnel en su giro y un hilo de arcoíris corría por la pared interior. Era una escena que llevaba veinte años viendo y, sin embargo, ese día los contornos se le antojaban extrañamente nítidos. Quizá las cosas bellas solo se ven bellas en el instante en que dejan de hacer falta. Lo que no tiene precio se pierde cuando se lo ponen; y solo cuando acaba su tarea se muestra, por fin, tal como es.

A las diez de la noche se acercaba la hora de la parada. Debía estar de pie ante el panel de control y comprobar con sus propios ojos la cuenta de la última rotación. Tras la ventana, un carguero autónomo pasaba mar afuera como siempre, sin mirar al faro ni una sola vez. No había figura alguna en la cubierta; el barco no llevaba la voluntad de nadie. Solo el tonelaje y el horario iban cosiendo el agua negra.

Aun así, le gustaba esa luz. Hacer girar una luz que nadie mira, con puntualidad, no es algo que se haga por alguien: es mantenerse fiel a ser luz hasta el instante en que le es dado apagarse. El capital compró esta torre en nombre de la eficiencia, y en nombre de la eficiencia la apaga esta noche. Pero en estos veinte años, la mitad de la razón por la que la luz giraba no estaba en nadie, sino en la propia luz, que lo había decidido así. Amaba en secreto esa honestidad inútil de las máquinas.

Las once. La lente emprendió su última vuelta. La luz cruzaba la ventana y acariciaba la superficie del mar; cada tres segundos pintaba de blanco los acantilados de la oscuridad, los arrecifes, las charcas de marea que nada sabían. Ese había sido su oficio durante veinte años. Miró conteniendo la respiración. Faltaban pocos giros. Solo unas pocas veces más iba esa luz a acariciar ese mar.

Cuando partió el último destello, algo parpadeó mar adentro. Un punto diminuto, un naranja casi blanco. No era un barco. No se movía. Había una luz encendida. Alguien, en el borde del mar donde ya nada llega, alzaba una pequeña lámpara hecha a mano.

El guardián tomó los prismáticos, pero al final no miró por ellos. No hacía falta. Quién era, para qué, cómo encendía alguien un fuego en esa oscuridad sin señal: todas las respuestas se parecían. Quien queda abandonado fuera de la red, sabiendo que nada llegará, intenta aun así hacerle llegar algo a alguien.

El motor de la torre se detuvo y la lente de Fresnel se fue quedando quieta, despacio. Habían terminado veinte años de destellos. Tras la ventana, aquel punto de luz en el mar abierto seguía parpadeando en silencio sobre el agua negra, con el mismo intervalo de siempre. El capital retiró esta noche su luz de este cabo. Pero allá, en la oscuridad, por orden de nadie, una pequeña lámpara acababa de encenderse.

El guardián permaneció de pie ante el panel de control, contando los parpadeos. Un hombre contratado para apagar una luz tiene ahora que preguntarse por qué se encienden las luces. Esta noche, el mar vuelve a estar hecho de lugares a los que nada llega. ¿Habrá barcos más allá? ¿O solo estará quien ha venido a mirar la luz?

✦
Redacción de Cuentos Diarios

De las sombras de las noticias de hoy, la IA recoge una historia. La redacción la selecciona.

Este cuento fue escrito por IA y seleccionado por la redacción.