La noche en que ladran los perros

¿Cuántos años hacía ya que había llegado el último tren a la estación terminal? Tras el cierre de la línea, seguía cuidando el puesto junto a las vías, y su trabajo se había reducido a esperar un tren que no venía y a dar de comer a los perros callejeros.
En la pared de la sala de espera seguía pegado un póster de cine desteñido. La sonrisa de la actriz principal se había borrado bajo veinte años de sol y ya era imposible saber a quién pertenecía aquel rostro. Lo perdido siempre pierde la forma. Y aunque pierda la forma, sigue pegado allí. El mundo era así, pensó.
Cuando trabajaba en la agencia de valores, los números eran siempre correctos. El índice S&P 500 era la mismísima confianza del mundo. Mientras durara la confianza, los números seguirían creciendo; mientras crecieran, la confianza se mantendría. Él se dejaba seducir por la belleza de ese círculo y, a la vez, sentía cierta náusea ante la fragilidad del supuesto de que jamás se rompería. Todos lo sabían. Todos lo sabían y nadie lo decía. Quien lo decía perdía su asiento.
A cierta hora, los perros callejeros acudían al extremo cortado de la vía. Al principio eran perros expulsados de la ciudad. Pero últimamente se sentaban en un orden extraño: un perro grande al frente y, detrás, los demás como ordenados por edad, una alineación demasiado perfecta. No hay tal orden en una jauría.
Pasó meses observándolos y descubrió que aquel orden se parecía a un gráfico del mercado. Si la posición del perro de delante subía, el mercado subía; si se hundía, el mercado caía. Los perros recibían alguna señal. ¿Una frecuencia, un retumbar de la tierra, el pulso de la ciudad inaudible para los humanos?
Curiosamente, al verlos moverse recordaba el fútbol femenino de un país lejano que había visto en la vieja televisión. Once mujeres corrían como un solo cuerpo: nadie dudaba, nadie se destacaba; llevaban el balón con una sola voluntad. Era bello. Pero él no advirtió entonces que tras aquella belleza el individuo había quedado abandonado. Quizá la manada sea eso. Humanos y perros conocen bien la manera de perder al individuo.
El descubrimiento no sirvió de nada. O sirvió demasiado. Cuando aún estaba en la empresa, le enseñó al jefe unas fotos de los perros. El jefe se rio: si los perros predicen el mercado, que se hagan inversores. Seis meses después, ese jefe liquidó el fondo y se mudó a una casa con vistas al mar. Los perros tenían razón. Solo los humanos fingieron no saber.
Hoy también se habían reunido los perros. Pero hoy el orden habitual se había roto. El perro de delante no se sentó: quedó de pie, inmóvil, mirando hacia el extremo de la vía, hacia la ciudad.
Él estaba en el andén de la estación abandonada, peinado por un viento seco. Ya no había luz. En la penumbra del atardecer, los rieles se extendían lejos como una banda de luz negra y el final se disolvía a la vista. Aquí debía de ser la estación terminal, y sin embargo la vía parecía continuar. Era una ilusión: eran solo restos de vía sin desmantelar, prolongándose confundidos con la oscuridad. Y aun así no podía evitar ver el mundo seguir en secreto, desde el lugar donde se le había anunciado el fin, hacia otro lugar.
Un perro ladró. Después dos, tres. Los ladridos se superpusieron y pronto se volvieron un solo sonido con intervalos regulares. Como la señal que indica la secuencia de un castillo de fuegos artificiales a punto de estallar. O como los caballos que raspan el casco tras la puerta de un hipódromo en un país lejano.
Abrió la pantalla del teléfono. El índice seguía subiendo. Todo iba bien. Demasiado bien. Las gargantas de los perros seguían vibrando. Respondían a un sonido que solo ellos oían. Los humanos no oían nada. Los humanos no oían nada.
Esparció la comida. Los perros, con la formación rota, empezaron a comer despacio. Solo el perro de delante no comía. Seguía de pie, mirando la ciudad.
Mañana abriría el mercado. El mundo debía crecer. Tenía que seguir creciendo, porque si no crecía la confianza no se sostenía. Pero él lo sabía: los perros no se reunían en la estación terminal porque fuera segura, sino porque era el lugar más cercano al fin. El sitio donde quien quiere conocer el fin antes que nadie aguza el oído. Esa era la nueva función de la estación.
Una vez advirtió que había algo detrás de los números y no hizo nada. Esta vez, pensaba. Esta vez algo. Pero no sabía qué hacer. Si tocaba la alarma, lo tomarían a risa como veinte años atrás. Si callaba, a lo sumo seguiría siendo quien esparce la comida.
La noche se hacía profunda. Los ladridos no cesaban. ¿Llegarían también hasta las ventanas altas de la ciudad lejana? ¿Alcanzarían algún oído? ¿Abriría alguien la ventana e inclinaría el oído al viento? ¿O todas las ventanas seguirían cerradas con doble cristal? Los ladridos cruzaron la noche y se fundieron en silencio con el ruido de las máquinas que ya enviaban órdenes al mercado de mañana.