Resonancia de cera y cromo

El colmenar ocupaba la parte más blanca de la ciudad. A una calle de la principal, en un rincón frondoso de la loma de atrás, donde olían las malas hierbas y los árboles viejos. Solo allí se estaba fuera del ruido digital y también fuera del tiempo.
Ella trabajaba como archivera, un cargo casi honorífico en el oficio de apicultora. Se suponía que debía subir a la IA las técnicas y la ecología de las abejas para construir un modelo óptimo de apicultura. Sin embargo, aquel propósito ya le había enturbiado el fondo del ánimo.
Solo un zumbido tenue, reptando por las rendijas de las colmenas, sonaba como una banda sonora regular. Entre tarea y tarea de recolección, ella consultaba su propia tableta. En la pantalla aparecían los datos de los panales de esa mañana: composición del polen, evolución de la temperatura y, sobre todo, la gráfica de eficiencia de recolección.
El sistema, empeñado en buscar la solución óptima, detestaba la aleatoriedad de la naturaleza. Intentaba sustituir por fórmulas aquella sensación humana de lo bello sin motivo. Ella sabía que esa era la función del rústico bastidor de servidores olvidado en un rincón del colmenar.
A su lado, el apicultor mayor cerró en silencio la tapa del panal. Era un hombre que abominaba de tocar máquinas. Para él, aquel colmenar no debía de ser más que la prolongación de vivir. Cada vez que sus dedos acariciaban la superficie gruesa de la cera, dejaban una calidez leve pero cierta.
Ella observaba esa calidez. Era un ruido que los datos jamás lograrían capturar del todo. Como uno de esos purificadores de aire caros que la sociedad de consumo escupe bajo el nombre de nostalgia.
«La próxima temporada hará falta una selección de especies más avanzada», decía aquella noche la notificación de la IA de gestión. Proponía un modelo óptimo de sucesión de colonias y aconsejaba trasladarse a las fuentes florales más rentables. Todo era razonable, lógico, perfecto.
Miraba aquel resultado «perfecto» cuando, de pronto, alzó los ojos. El cielo, teñido por la sombra de las torres urbanas, se había vuelto gris y turbio. Parecía un mundo pasado por algún filtro.
Entonces lo oyó. No era el escape de una fábrica ni el estruendo del tráfico. Una «nota extraña», ínfima y nítida. Como si el mundo entero hubiera desplazado alguna banda de frecuencias, una oscilación de la resonancia.
Dejó la tableta y prestó atención. Era distinto del rumor de alas que se filtraba por las rendijas de las colmenas: un «sonido de aflojamiento», más primordial.
«Quizá sea el sonido de algún sistema que ya no soporta la carga».
Su corazón dio un pequeño golpe de excitación tranquila. El privilegio de ser espectadora. No mover nada, seguir escuchando el crujido del mundo. Para ella, eso era la mejor «acción».
El sol caía sobre el colmenar con un ángulo sospechosamente oblicuo. Las horas de luz no coincidían con ningún dato estacional registrado hasta entonces. El azul del cielo también parecía tener la saturación bajada a propósito. Como si el mundo intentara su propia «localización».
Siguió el origen de esa nota extraña hasta el fondo del colmenar, hacia el rincón invadido por las malas hierbas. Allí quedaban restos de una alambrada eléctrica. Era una parte de la «orilla» del sistema a la que nadie prestaba atención.
Si ese sonido estuviera poniendo al descubierto la contradicción fundamental del sistema artificial de eficiencia. Si este colmenar no fuera un simple centro de producción, sino una especie de zona de amortiguación.
Se levantó e inhaló a fondo el olor de la cera. No era un dulzor excesivo, artificial. Era el dulzor desesperado y fangoso de la vida. Y desde el otro lado de esa dulzura flotaba una premonición silenciosa, como si el mundo esperara, quieto, su «reinicio».
No dijo nada. Solo recibió el cielo y el leve sonido de resonancia que llegaba a sus oídos.