Ecos del mundo que resuena en el abismo

El acuario de medianoche era, siempre a esa hora, cuando más locuaz se volvía. El tenue zumbido de los fluorescentes parecía alzar un muro de sonido desesperado, empeñado en rellenar a la fuerza el silencio abisal. Me detuve frente al tanque principal. ¿Sería aquello la «noche» de los animales expuestos? ¿O la «oscuridad segura», simulada, que habíamos fabricado nosotros, los visitantes humanos?
Eran más de las dos de la madrugada. Normalmente, a esa hora la ronda de vigilancia se espaciaba más, y se acentuaba el «intervalo» artificial. Tenía la costumbre de observar ese intervalo, como si aguardara el instante en que un sistema inmenso —el aparato llamado acuario, dispositivo de consumo y exhibición— se sobrecalentara y sufriera un cortocircuito en alguna parte.
El plato fuerte de aquel día era la exposición de peces abisales: criaturas de una sima a la que nunca llega la luz. Flotaban allí como si se hubieran reunido, a modo de muestra, las «partes sobrantes» de la vida. Un grupo de focas enormes nadaba pausadamente, a intervalos regulares. Su movimiento parecía regirse por un algoritmo perfecto, por un patrón, en algún sentido, demasiado optimizado: sin aliento.
Dirigí la mirada al panel explicativo. El rótulo «La capacidad de adaptación de las criaturas abisales» era bello hasta la inutilidad, como si la propia exposición fuera la prueba de alguna «capacidad de adaptación» colosal. Antes me dedicaba a una profesión que daba voz a las cosas. Tejía palabras, servía de medio a las emociones, construía historias. Era el trabajo de calcular los «choques inevitables» entre personas y encontrar el eco más adecuado.
Pero ahora era distinto. Las palabras habían sido sustituidas por la IA, e incluso la construcción de historias se había encomendado a algoritmos más eficientes. Habíamos perdido el «ruido» esencial: el vaivén inútil de las emociones, los impulsos sin sentido, los silencios impredecibles. Frente a aquel tanque comprendí que esas cosas se habían convertido en el recurso más valioso.
De pronto, mi mirada se fijó en una tortuga marina, en un rincón. Mientras los demás peces mantenían un patrón constante en banco, solo esa tortuga permanecía sobre las rocas de la esquina del tanque, como sentada, rendida. Su postura era algo cercano a la resistencia: no la de un ser expuesto, sino la de algo que simplemente «está ahí».
Fue entonces cuando ocurrió algo extraño. La iluminación del tanque principal palpitó por un instante. No se pareció a una caída de tensión, sino a una «respiración», al suspiro de un organismo colosal. Durante unos segundos, todas las luces viraron a un verde azulado cálido, como si se hubiera interpuesto un filtro primitivo, del todo ajeno a aquel tanque artificial.
Mi corazón empezó a emitir un sonido irregular. No era el sonido de mi corazón, sino una vibración de frecuencia muy baja que resonaba desde el fondo del tanque. Un pulso sordo pero inequívoco, como si el propio cristal hubiera rozado alguna frecuencia de resonancia inmensa. Sonaba como un «llamado» externo, sin relación con el sistema del tanque.
La gente, absorta en las pantallas de sus teléfonos o simplemente aburrida, procesó aquel cambio de luz como «una inspección temporal de las instalaciones» y enseguida miró el avance del próximo espectáculo. Nadie notó que la vibración provocaba en el sistema entero una especie de «sobrecarga». Sus conciencias pasaban del consumo al siguiente estímulo con una fluidez excesiva.
Concentré todas las sensaciones de mi cuerpo en esa vibración. Era el chirrido estructural del capitalismo, el desgaste mental por el exceso de información, y el sonido de un presagio vago: «algo grande está a punto de pasar a la siguiente fase». Me parecía oírla con más fuerza al fondo de las rocas donde se posaba la tortuga, en el punto donde la corriente más se estancaba.
Sentí cómo algo frío se hinchaba dentro de mi pecho. No era miedo. Era, más bien, el cristal de una pura «incomodidad», oprimida durante demasiado tiempo. En aquel espacio donde todo estaba limpiamente, limpiamente calculado, esa sola nota disonante era algo que solo yo, y nítidamente, percibía.
La iluminación volvió a su blanco inorgánico. La vibración cesó en un instante. Nadie dijo nada. Nadie señaló nada. Solo yo llevaba grabado en el fondo del oído aquel «suspiro» electrónico que había resonado en el lecho abisal.
El flujo de gente hacia la salida del acuario avanzaba como un río, sin resistencia, sin rumbo. Yo también caminé como si me dejara llevar por él, pero sentí que el eco de esa baja frecuencia aún vibraba en la planta de los pies, y me detuve. ¿Exhibe realmente este acuario «seres vivos»? ¿O es una vitrina colosal que nosotros, los humanos, hemos construido a la fuerza para adaptar la definición de nuestro «vivir» al sistema?
Toqué el cristal del tanque principal con la punta de los dedos. Frío. Como si mis dedos, sin darme cuenta, intentaran ajustarse a la frecuencia de aquella pulsación. Este silencio no era un simple descanso. Era el presagio, hermosísimo e irreversible, del próximo «reinicio».