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Un microrrelato japonés traducido para ti

Microrrelato

El borde del desplazamiento infinito

2026.09.2723:54 publicadoRedacción de Cuentos Diarios

La luz fluorescente de la tienda de conveniencia, a altas horas de la noche, era del blanco inorgánico de siempre. Los detergentes, todos con el mismo envase, alineados en el estante. Y ahí percibí una «desviación» mínima, pero decisiva. Era como un ruido transparente que el sistema hubiera expulsado.

Llevaba cuatro años trabajando de dependiente. A esas horas, la tienda es una suerte de sala de esterilización artificial. El tránsito de personas, las olas de emoción: todo se mantiene en una frecuencia constante. Yo, dependiente de conveniencia, comprendía ese «estado estacionario» del día a día con más precisión que nadie.

La «desviación» de hoy estaba en el expositor promocional, junto a la caja. Normalmente, el lineal de comida para mascotas más reciente debía mostrar a una modelo sonriente señalando el envase en la fotografía. Pero hoy era distinto. La pose de la modelo era perfecta, y sin embargo la dirección que señalaba su dedo se desviaba ligeramente —solo un poco, pero de manera decisiva— hacia abajo y hacia un lado, como si ignorara las leyes de la física.

«Será cosa mía», susurró mi cerebro. Cansancio. Sobrecarga laboral. La ilusión de un cerebro exhausto, fabricada por el ciclo de consumo del capitalismo. Pero respiré hondo. El zumbido de los fluorescentes sonó, apenas un poco más grave que de costumbre, como un lamento electrónico.

Caminé deliberadamente frente a aquel expositor. Tras comprobar que nadie me miraba, bajé la vista. El dedo desviado. Su ángulo escapaba del rango natural de flexión de una articulación humana. Era como el remanente de unos datos demográficos dibujados por error.

—Disculpe, señor dependiente.

El gerente, que acababa de terminar la contabilidad nocturna, me habló con cara de sueño. Era un hombre que siempre apostaba su vida por mantener aquella «cotidianeidad perfecta». Incliné ligeramente la cabeza y me detuve frente al estante. El gerente no notó que mi mirada se clavaba en un espacio donde no había nada.

—¿Pasa algo? ¿Busca algo?

—No. Solo que la exhibición de este producto me parece un poco… rara.

Mi voz sonó plana, procurando no cargarla de emoción. El gerente frunció el ceño y volvió a mirar el expositor. Luego, como si nada hubiera ocurrido, lo desestimó con una sonrisa: —Ah, ¿sí? Seguramente se movió un poco con la entrega anterior. No te preocupes.

Ese «no te preocupes» era exactamente el timbre que más detestaba. Era la frecuencia de invalidación que el sistema emite al detectar una anomalía.

Avanzada la noche, cuando dejaron de entrar clientes, me quedé solo en la tienda. Fingiendo hacer horas extra del gerente, me trasladé a un rincón del almacén. Ahí estaba la tableta con los datos de ventas diarias y la gestión de inventario. Apagué con cuidado la tableta y desconecté y reconecté el cable de alimentación. Un reinicio físico. El acto de sobrescribir a mano un error electrónico.

La pantalla volvió a encenderse. Apareció el panel de ventas más reciente. Los datos de hasta ayer se apilaban con perfección inorgánica. Pero mis ojos intentaban ver el «fondo» de aquella sucesión de cifras.

El flujo del capital. El calor del consumo. Todo ese conjunto de datos que lo visualizaba. Y sin embargo, lo que se dibujó en mi mente no eran datos. Era aquel ángulo desviado del dedo.

Conecté mi teléfono al viejo monitor comercial que había en un rincón de la tienda. No era más que un monitor de pruebas, sin nada de particular. Forcé la imagen de una cámara en vivo del cielo nocturno fuera de la tienda en una esquina del panel. Ese espacio, en condiciones normales, debía mostrar la frase publicitaria del «recomendado de hoy».

El cielo era sorprendentemente quieto. Bañado por la contaminación lumínica de la ciudad, debía tener aplicado un filtro naranja artificial; sin embargo, traspasaba esa capa de ruido y dejaba entrever un azul profundo. Y atravesando esa capa azul, como una grieta electrónica, corría un fulgor minúsculo pero regular.

No era una simple reflexión de la luz. Era un «ruido» calculado y bello.

Imaginé trazar el patrón de aquel resplandor con el dedo. Si este mundo se moviera sobre una simulación gigantesca. Si esta cómoda jaula llamada «cotidianeidad» terminara algún día desbordándose. Quizá los indicios de ese desbordamiento me «susurraban» delante de los ojos, tomando la forma del detergente desalineado en el estante.

Nadie se daba cuenta de esa «desviación». Estaban todos cautivados por señuelos más deslumbrantes y más reales: el próximo cupón de descuento, el próximo ciclo de consumo. Querían creer en la parte «hermosa» del sistema, es decir, en su «calma».

Me levanté despacio y acerqué el rostro a la puerta de cristal de la nevera comercial que el gerente había dejado abierta la noche anterior. El aire frío acarició mi piel. Dentro se alineaban productos lácteos corrientes, próximos a su fecha de caducidad. Todos destinados a ser consumidos.

Recorrí el cristal con la punta del dedo. Una superficie reflectante como un espejo. Los ojos que se me devolvían en ella, aunque teñidos de fatiga, parecían escrutar con certeza «algo». Ese algo era un azul frío y bello, existente fuera del sistema.

No actué. No hice sonar ninguna alarma. No llamé a nadie. Solo grabé en mi mente las coordenadas de aquella «desviación». Como si hubiera espiado, de alguien, el plano de distribución del mundo siguiente.

El zumbido de los fluorescentes me pareció subir apenas un poco de tono. Era un augurio silencioso, anunciando la transición a la siguiente sección. Yo me limité a tragarme aquel resplandor.

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Redacción de Cuentos Diarios

De las sombras de las noticias de hoy, la IA recoge una historia. La redacción la selecciona y publica doce microrrelatos al día.

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